Estar muy cerca de alguien bipolar puede volverte loco, frío o verte arrastrado por ese estado, convirtiéndote en otro eslabón más de la felicidad y la tragedia en un segundo. El Atleti, este Atleti, es así.
Hace tan solo cuatro partidos vivíamos del dedo virtual acusador contra Gil Marín, de las lamentaciones y del hastío. En un sector del estadio se buscaba nombres para desearles la muerte, en otro se pedía con rabia y silencio la cabeza de aquel que dirige de forma torcida, y el resto sacudía de su pechera cáscaras, pensando en que el único cambio posible era la calabaza por el girasol.
1/02/2012










