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Sin ruido

sin ruido

Lo he conseguido. Después de mucho tiempo, lo he conseguido.

He dejado de escuchar el ruido de periodistas que llevan puestas camisetas de jugadores y lloran patéticamente en sus despedidas.

Ya no leo frases mal escritas escupidas una tras otras en una red social. Ya no me hacen sentir vergüenza ajena. Ya no me dejo llevar por la ira de un pobre tipo que se permite el lujo de hablar por un colectivo y decir representarlo.

Ya no vivo de noche escuchando gritos en platós cutres. Ya no los veo sentados en banquillos mientras opinan sin informar, donde los malos árbitros hablan de los buenos, donde los que jamás fueron nadie jugando al fútbol creen ser algo. Ya no tengo que entender a los que presumen de ser amigo de directivos y que enterraron su ética hace tiempo.

Ya no me llegan los rumores de portera chismosa. De vecina insidiosa que desea el mal de los demás porque no soporta su propia existencia. Ya no se van jugadores de mi equipo ni quieren. Ya no me llega el olor de las vísceras.

Y parecía mentira. Ya no pastoreo. He perdido el rebaño. No sé si cada oveja está con su pareja o el borrego en su redil. No sé donde están. No puedo preguntarles si se sienten tranquilos, si su alma está mejor vendida en Inglaterra mientras no vaya a Concha Espina. No me importa.

Ahora los lobos con piel de cordero me dejan admirar a jugadores navarros que no venden humo. Ya no escucho sus aullidos. Ya he olvidado que un día fueron lobos hambrientos de injusticia y estupidez.

Ahora vivo en paz. Un Lacrimosa eterno de Zbigniew Preisner. Una melodía que solo se interrumpe cuando quiero tocar lo que es mío y no lo tengo. Aquello que me robaron. Aquello que prescribió. Aquello, que hoy, sin ruido, reclamo.

Atlético de la vieja escuela. Un gol de rubio, una falta de Landáburu y el espíritu de Arteche. Los videojuegos mi profesión. El cine, modelismo y humor canalla mi pasión

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